Oro de El Dorado

por

Frances Osborn Robb

 

traducción por

Frank Longorria

 

En lo alto de las montañas de Colombia, las aguas cristalinas de un lago extraordinariamente circular–el lago Guatavita—brillan bajo la luz del sol, como testimonio mudo de la perdurable leyenda de El Dorado. Aquí, en este hermoso lugur sagrado, se reunian los naturales de Colombia para celebrar con ritos ceremoniosos el ascenso de un nuevo jefe. En el siglo XVI algunos naturales aun recordaban dichas ceremonias; las detalladas narraciones, propiamente contadas por los cronistas españoles, son las mas fascinantes y tentadoras que jamas se hayan contado sobre el oro, el metal más hermoso de todos los metales preciosos.

 

La primera jornada que habían de haber era ir a la gran laguna de Guanavita a ofrecer y sacrificar al demonio, que tenían por su dios y señor.

 

La ceremonia que en esto había era que en aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, aderezabánla y adornábla todo lo más vistoso que podían; metian en ella cuatro braseros encendidos en que desde luego quemaban mucho moque, que es el sahumerio de estos naturales, y trementina con otros muchos y diversos perfumes.

 

Estaba a este tiempo toda la laguna en redondo, con ser muy grande y hondable de tal manera que puede navegar en ella un navío de alto bordo, la cual estaba toda coronada de infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chagualas y coronas de oro, con infinitos fuegos a la redonda, y luego que en la balsa comemzaba el sahumerio, lo encendían en tierra, en tal manera, que el humo impedía la luz del día.

 

A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que iba cubierto todo de este metal. Metíanle en la balsa, en las cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la balsa cuatro caciques, los más principales, sus sujetos, muy aderezados de plumería, coronas de oro, brazales y chaguales y orejeras de oro, también desnudos, y cada cual llevaba su ofrecimiento.

En partiendo la balsa de tierra comenzaban los instrumentos, cornetas, fotutos y otros instrumentos, y con esto una gran vocería que atronaba montes y valles, y duraba hasta que la balsa llegaba al medio de la laguna, de donde, con una bandera, se hacía señal para el silencio.

 

Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a los pies en el medio de la laguna, y los demás caciques que iban con él y le acompañaban, hacían lo propio; lo cual acabado, abatían la bandera, que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas, y fotutos con muy largos corros de bailes y danzas a su modo; con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba reconocido por señor y príncipe. De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado del Dorado, que tántas vidas ha costado.

—Juan Rodriguez Freyle, 1636

 

Durante 400 años se ha intentado recobrar los tesoros del lago Guatavita. En la década de 1580, un gran corte, visible hoy día, fue excavado con la esperanza de desaguar el lago. Inversionistas del siglo XIX fueron tentados a subvencionar exploraciones del lago con la probabilidad de encontrar hasta 300 millones de dólares en oro–evidencia clara del poder de la leyenda de El Dorado en la imaginacíon.

 

El oro que ha sido excavado del lago Guatavita es mucho menos, sin embargo, que el que fue saqueado de las tumbas. Los Colombianos antiguos enterraban objetos de oro con sus muertos. Los primeros exploradores españoles hicieron esfuerzos tenaces, por encontrar el oro para fundirlo en lingotes y acuñar monedas, para enriquecerse y enriquecer a España. Los objetos en la exhibición de El Dorado provienen de tumbas que han sido descubiertas en épocas posteriores a la conquista. Hoy, dichos artefactos se aprecian no tan sólo por su valor material sino también por su poder de evocar culturas Colombianas grandamente desarrolladas ya desaparaecidas.

 

Las bien documentadas y frecuentement repetidas historias de El Dorado mantuvieron un constante efecto sobre los españoles el Nuevo Mundo. Estas historias memorables hacían verosímil la esperanza de poder encontrar las riquezas de otro México u otro Perú, y de descubrir la isla legendaria de Antillia, donde, según cronistas medievales, los refugiados españoles que huían de los moros habían construído siete ciudades ricas en oro.

 

Los indios norteamericanos tenían su propia leyenda del jefe dorado y sus siete ciudades de Antillia. El nombre de su El Dorado era Cíbola, otra tierra con sus siete ciudades doradas que yacían en el lejano norte y oeste donde nunca habían llegado las exploraciones europeas. Este nuevo El Dorado, este Cíbola, llegó a ser el foco de la exploración del territorio suroeste lo que ahora forma parte de los Estados Unidos: Arizona, Nuevo México, Texas, Oklahoma, y Kansas.

 

Francisco Vásquez de Coronado fue el jefe de la expedición (1540-1542) que intentaba encontrar las siete ciudades de Cíbola. Las narraciones de los viajes heroicos de Coronado y sus acompañates (incluía a tres mujeres) daban magnifico testimonio del poder de la leyenda de los indios norteamericanos para motivar hazaãs extraordinarias a pesar del dolor, el hambre, y la desilusión.

 

Así, una leyenda de la distante Colombia tiene una relación significativa con la historia de nuestro propio suroeste. Aunque Coronado nunca vio el oro que buscaba tan desesperadamente, su expedición nos proveyó con la primera información de testigo presencial acerca de las culturas indígenas de las tierras en que viajó, el descubrimiento de los montes Rocosos Continentales, y las primeras narraciones extensas sobre la vida y el comortamiento del búfalo. Cuando se comparan las distancias abarcadas por su expedición con las de Hernando de Soto en el sureste, los europeos, por primera vez, tuvieron una idea bastante exacta de la inmensa extensión del continente norteamerican.

 

La visión del oro del Nuevo Mundo–el oro de Cíbola, de Antillia, de El Dorado–nunca se ha desvanecido, y la búsqueda de tesoros antiguos enterrados continúa hoy dia. El lago de Guatavita, sin embargo, ha sido puesto bajo la protección del gobierno colombiano. Futuros sondeos y discubrimientos serán realizados por arqueólogos con experiencia; sus artefactos–si es que aún existen–serán conservados some parte de la herencia cultural de Colombia–y la Nuestra.

 

Oro de El Dorado

 

… Una leyenda de hace 400 años ha resurgido con la magnifica exhibición de la artesanía del oro producida por los indígenas de la Colombia pre-hispánica.

 

Los extraordinarios objetos de oro del Museo del Oro de Bogotá, Colombia, y otras colecciones, han sido presentados en Europa, Australia y los Estados Unidos. Estos objetos resplandecientes son los tesoros que habían sido enterrados por civilizaciones pretéritas que florecieron en Colombia antes de la llegada de los exploradores europeos en el siglo XVI. En la exhibición el observador puede ver el oro sagrado de los ritos religiosos así como el oro grandioso que servía de adorno personal.

 

Para EL ORO de EL DORADO, Texas Humanities Resource Center ha organizado una selección especial de recursos para programas públicos en general. Además, estos recursos relacionan la artesanía de la antigua Colombia con nuestra propia historia norteamericana; se puedan usar en cualquier momento en programas que estudien nuestra cultura y sus fascinantes relaciones con el pasado–desde los conquistadores hasta los miembros de tribus y el espléndido rito de El Dorado. Agradecemos la asistencia que nos han prestado el Museo del Arte de New Orleans, el Museo del Oro, el Museo Americano de Historia Natural, y el Dr. William B. Lee quien seleccionó estos recursos. Nuestro profundo agradecimiento también para Frances Osborn Robb, por el desarrollo de este programa.

 

Libros sobre oro en América Latina

 

Cultura de Calima. Bogotá: Fondo de Promocion de la Cultura, Banco Popular, 1989.

 

El Museo del Oro: sus mejores piezas. Bogotá: Banco de la Republica, el Museo, 1997.

 

Plazas, Clemencia, y Ana Maria Falchetti. Museo del Oro. Santa Fe de Bogotá: Banco de la Republica, 1992.

 

Quimbayas. Bogotá: Fonde de Promocion de la Cultura, Banco Popular, 1990.

 

San Agustín. Tierradentro y Corinto-Cauca. Bogotá: Fondo de Promocion de la Cultura, Banco Popular, 1992.