Invasión Yanqui: La Guerra entre México y los Estados Unidos, 1846-1848

Traducción por

Maritza Arrigunaga

En Julio de 1846, mientras los dos ejércitos se concentraban al sur del Río Grande, un filósofo y poeta en Massachusetts se negó a pagar su impuesto para votar, pasando una noche en la cárcel de Concord, en señal de protesta por lo que él veía como una guerra injusta. El decía que fue la maniobra de algunos individuos que usaron al gobierno como instrumento. Debido a que los ciudadanos amantes de paz respetaban la ley, dieron su consentiminto a las decisiones gubernamentales que transformaban a los hombres en "un expediente de soldados—coronel, capitán, caporal, soldados rasos, y cargadores de municiones, y todos—marchando en un admirable orden atravezando montes y cañadas, rumbo a la guerra, en contra de su voluntad, ay, en contra de su sentido común y conciencias...."

A pesar de su elocuencia, la protesta de Henry David Thoreau no tuvo gran éxito en disminuir el entusiasmo con que los regimientos de New Hampshire, Carolina del Norte, Kentucky o Illinois marcharon a la guerra en contra de México. Sin embargo, su tema fue revivido ciento veinte años más tarde, juntamente con un breve interés en aquella guerra como protesta en contra de la participación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Las dos guerras eran descritas como actos de agresión en las cuales una nación poderosa atacaba al débil para arrebatar concesiones que aparentemente no podían ser obtenidas a través de negociaciones. Aunque cada una de estas guerras era justificada por sus defensores como llevadas a cabo para preservar creencias fundamentales—la doctrina de expansión sin limite, en un caso, y el derecho a escojer su propia suerte, en el otro—dichas creencias eran de dudoso valor. Ambas guerras fueron proclamadas como reveses inmorales que finalmente dividieron a la nación y mancharon su reputación.

Esta comparación pronto fue refutada por historiadores que se dieron a señalar que México y los Estados Unidos eran esencialmente igual en la década de 1840, y que ciertamente México tenía una tradición militar más fuerte. Al comienzo, muchos observadores europeos creían que los novatos Yanquis recibirían una buena tunda claramente merecida. Siempre en menor número, algunas veces cinco a uno, las fuerzas norteamericanas consistían en su mayoría de voluntarios conducidos por oficiales cuya única experiencia era la de las batallas enfrentadas con los indios. Que además México había estado clamando por la guerra en sus periódicos y en la oratoria de sus políticos, adoptando una actitud belicosa negándose a negociar y que México tuvo tanta culpa como su vecino del norte.

Este fue uno de los típicos intercambios en el breve y apasionado debate de los 1960s. Más muy pronto la atención pública cambió de dirección, y la guerra con México fue una vez más consignada al limbo de la historia, en donde ha deambulado por más de un siglo en compañía de tantos otros eventos considerados sin relevancia e importancia actual. Así pues la pregunta de hoy es, ¿Por qué recordar? ¿Qué significado puede tener una litografía de la Batalla de Buena Vista, o una canción escrita para conmemorar a aquellos que murieron en la guerra? A menos que nos gusten ilustraciones peculiares o que tengamos un interés especial por nombres y fechas del pasado. ¿Por qué entonces debemos detenernos a ver fotografías de momentos y artefactos del pasado de esta olvidada guerra?

Una razón, por supuesto, es que México sí recuerda. Todos los meses de Septiembre el país paga tributo a los Niños Héroes, los seis cadetes que ofrendaron sus vidas en la defensa del Castillo de Chapultepec y que, desde entonces ganaron la inmortalidad como el símbolo nacional de patriotismo. También los mexicanos guardan obscuros recuerdos de una humillante derrota que le arrancó al país más de la mitad de su territorio. Todavía décadas después de firmar el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, México veía a los Estados Unidos con un ardiente odio incapaz de expresar. En su litografía de la entrada triunfal del General Scott a la Cuidad de México, el pintor alemán Carl Nebel diestramente expresa la actitud mexicana en unos pocos ciudadanos que observan a los yanquis en precavido silencio, mientras un mendigo subreticiamente agarra una piedra para lanzarla a los conquistadores.

Otra razón para recordar es la esperanza de que el comprender el pasado nos brinde cierta luz sobre el carácter del Suroeste norteamericano moderno, sobre sus diversas culturas que tan a menudo tienen contacto cercano pero que no facilmente se integran, sobre su profunda desconfianza hacia el gobierno federal y su impaciencia hacia el proceso gentil de las negociaciones. A pesar de que el Suroeste ha tenido grandes cambios en los últimos ciento cincuenta años, la región retiene las huellas de aquellas actitudes que la separaron de México y la unieron a los Estados Unidos.

SEGUN los recuentos oficiales la Guerra Mexico-Norteamericana fue de 1846 a 1848, pero el origen de las hostilidades se remonta hasta el año 1836, cuando los Estados Unidos dieron su apoyo a la Revolución de Texas; o hasta el año 1821, cuando México ganó su independencia de España y tomó posesión del Suroeste; o a 1819 cuando los Estados Unidos aceptaron con cierta resistencia que el territorio de Louisiana no se extendía hasta el Río Grande, como en algunas ocasiones los francesas reclamaran.

En pocas palabras, ésta fue una guerra por un territorio que los Estados Unidos deseaban poseer—un territorio que el Presidente James Polk preferiría comprar pero que estaba dispuesto a pelear por adquirirlo. La última provocación para la guerra, a ojos de Polk y del Congreso, fue una emboscada a un destacamento de reconocimiento norteamericano en el disputado territorio al norte del Río Grande.

A juzgar por los documentos existentes, la guerra fue bien acogida por la moyoría de la gente en los Estados Unidos. Deseosos de el crecimiento de su nación muchos ciudadanos veían las negociaciones como un signo de debilidad. Percibían la guerra como una apropiada solución al conflicto sobre los derechos territoriales. Cuando se expidió el llamamiento para voluntarios, los oficiales de reclutamiento pudieron haber llenado un mayor número de regimientos que los requiridos. La causa de expansión territorial, el patriotismo de los voluntarios y las victorias de los comandantes eran aclamadas en canciones e historietas. No todo el mundo otorgaba apoyo a la guerra, pero la mayoría parecía convencido de que su causa era la justa. Decían "Sangre norteamericana ha sido derramada en territorio norteamericano." Tal afrente demandaba una respuesta militar.

Los líderes mexicanos no creían, como sea, que dicha emboscada fuese una afrenta o agresiva. Por derecho, la tierra era de su propiedad (un punto tácitamente establecido en la oferta de compra por los Estados Unidos), y había sido invadida por un ejército hostil bajo las órdenes del Presidente norteamericano. Además los Estados Unidos se habían anexado Texas y estaban claramante planeando tomarse California. De hecho, un impulsivo yanqui, el Comodoro Thomas Ap Catesby Jones, habíase tomado el puerto de California de Monterrey en 1842, forzando al gobernador a rendirse, antes de saber que las dos naciones no estaban, todavía, en guerra.

Empobrecido por incesantes revoluciones, México, casi no podía equipar y sostener un ejército, pero la inestabilidad política no le permitió al país otra alternativa. Durante más de una década, cada presidente había seguido la misma trayectoria para llegar al poder; proclamar que una invasión yanqui era iminente, y denunciar al presidente en turno como incapaz por no actuar de acuerdo a las circunstancias. Habiendo llegado al poder por ese mismo argumento, el Presidente Mariano Paredes Arillaga se vió confrontado por un ejército invasor y no tuvo otra alternatíva que actuar de acuerdo a su palabra. El 23 de Abril de 1846, formalmente declaró una guerra de defensa en contra de los Estados Unidos.

Si la ambición y las tácticas de los políticos empujaron a México hacia la guerra, un mismo nivel de ambición y fieros partidarios políticos enturbiaron la conducta de los Estados Unidos en dicha guerra. El Presidente Polk deseaba fervientamente poder asignar a un demócrata como Comandante General en México, pero los generales calificados no solo eran miembros del partido Whig, sino que también candidatos en potencia para la presidencia. Así pues, cada decisión que el tomó era vista como una táctica política para promover o desacreditar a sus oponentes. Cuando el trató de frustrar a los generales y sus políticas, negociando por poner fin a la guerra sólo logró el retorno a México de su exilado líder, Antonio López de Santa-Anna, quien prolongó el conflicto un año más.

No hay una ilustración más clara de la capacidad de México para inutilizar y frustrar las expectaciones de los Estados Unidos que la carrera de Santa-Anna, cinco veces elevado a la presidencia y cinco veces despojado por su aparente traición al bien de la nación. Su liderazgo cambiaba abruptamente de artificiosa a torpe. A pesar de que estuvo muy cerca de derrotar a las fuerzas del General Zacarias Taylor en Buena Vista, se retiró del campo de batalla bajo las sombras de la noche. Cuando nuevamente se enfrentó con los tropas del General Scott, que habían logrado el primer desembarco en Veracruz, estaba tan confiado de su plan de batalla que rechazó todos los informes que no estuvieran de acuerdo con su esquema. Aún cuando al ser derrotado en Cerro Gordo tenía que retirarse sucesivamente a Contreras, a Churubusco y finalmente a Chapultepec, SantaAnna permanecía convencido de que en alguna forma emergiría victorioso.

Esta convicción costo miles de vidas. Cinco mil soldados norteamericanos—uno de cada cinco—murieron durante los diez y siete meses de conflicto armado, principalmente de enfermedades e infecciones. El costo de pérdidas mexicanas fue aún mayor: veinticinco mil muertos y un gran número de heridos y tullidos fueron el producto de las salvajes batallas. Aunque pobremente vestidos, raramente pagados, muy a menudo hambrientos, pobremente entrenados, mal equipados y no siempre bien comandados, los soldados mexicanos presentaron una valiente pero desesperanzada lucha. Al final, peleaban tan sólo por el honor de morir por su patria.

DE esta guerra tan pocas veces recordada, los Estados Unidos surgieron con un gran premio: medio millón de millas cuadradas de territorio nuevo que contenía riquezas sin descripción. Surgió también con un ensayo clásico sobre la responsabilidad moral de los ciudadanos, la "Desobediencia Civil", escrita por Thoreau, y un muy bien entrenado cuerpo de oficiales, quienes pondrían su experiencia militar al desvastador servicio de destruirse mutuamente en la Guerra Civil. Robert E. Lee, Ulysses S. Grant, "Stonewall" Jackson, y William T. Sherman, entre otros, adquirieron su primera experiencia militar en México.

Más la victoria también confirmó y reforzó las desafortunadas actitudes yanquis que los mexicanos encontraron sumamente amenazadoras, la idea de que al igual que los indios y negros fuesen una raza inferior, la creencia de que la gente que no hablara inglés era ignorante; y el rechazo desdeñoso a sus actitudes sobre el tiempo y el uso de la tierra. Estas mismas actitudes yanquis provocaron rebeliones armadas en Nuevo México y California, después de que ambos estados se habían rendido sin prestar casi resistencia, y lo cual también llevó a la creación de los San Patricios, un batallón formado esencialmente de soldados católicos irlandeses que desertaron para pelear por México.

Después de la guerra, esas mismas actitudes continuaron dirigidas en contra de los mexicanos que habían vivido en el Suroeste por generaciones. A muchos les arrebataron sus tierras ancestrales por la fuerza o por medio de largas disputas jurídicas. Otros no pudieron soportar la insolencia demostrada hacia sus costumbres y tradiciones, o las sanciones públicas que restrigían su libertad. Desterrados de sus propias tierras se fueron a México o estados como Louisiana, en donde la diversidad cultural era más aceptada. Algunos mexicanos permanecieron en el Suroeste, volviéndose ciudadanos de los Estados Unidos y sus territorios. Estos aumentaron con otros que habían emigrado al norte, ya sea por los comicios de la Revolución, hambres u otras catástrofes que acosaron a México en décades posteriores.

HOY, el Suroeste vive una irónica situación contraria a la de 1845. Ahora es parte integrante de los Estados Unidos y la gente que en la frontera contempla emigrar, ya sea legal o ilegalmente, son mexicanos, una vez los dueños de la tierra. Al ir aumentando en número van reafirmando su idioma, religión y costumbres, las cuales una vez difinieran a el Suroeste. Esta vez son ellos los que desafían a los yanquis para obtener oportunidades de carácter económico, libertades y derechos individuales, así como, tolerrancia a sus diferencias culturales. En pocas palabras, están desafiando a la gente del Suroeste para poder compartir la buena fortuna prometida por la tierra misma.

SUGERENCIAS PARA LECTURAS

Alcaraz, Ramón, et al. Apuntes para la Historia de la Guerra entre México y los Estados Unidos. Mexico: Tip. de M. Payno, 1848.

Balbontin, Manuel. La Invasión Americana, 1846 á 1848. Apuntes del Subteniente de Artillería. Mexico: Esteva, 1883.

Biografía del General Santa Anna, y convenio secreto que celebró con el presidente de los Estados Unidos. Mexico: Uribe. 1847.

Bustamante, Carlos Maria de. El Nuevo Bernal Diaz del Castillo; o sea, Historia de la invasión de los Anglo-Americanas en Mexico. 2 vols. Mexico: García Torres, 1847.

Carreño, Alberto Maria. Jefes del ejército mexicano en 1847. México: Soc. de Geografía y Estadística, 1914.

Herrera Carrillo, Pablo. Exposición al público sobre los asuntos de Texas, y Las siete guerras de Texas. México: Academia Literaria, 1959.

Luelmo, Julio, trad. Los antiesclavistas norteamericanos. La Cuestión de Texas y la guerra con México. México: Secretaría de Educación Pública, 1947.

Otero, Mariano. Exposición que hace el ciudadano Mariano Otero, disputado por Xalisco, al congreso nacional al supremo gobierno del estado sobre la guerra que sostiene la república contra los Estados Unidos del Norte. Toluca, 1847; México, 1944.

Tornel y Mendívil, Jose María. Breve Reseña Historica . . . de la Nación Mexicana, desde el año 1821 hasta nuestros días. México: Cumplido, 1837.

Zorrilla, Luís G. Historia de las relaciones entre México y los Estados Unidos de America, 1800-1858. 2 vols. México: Editorial Porrúa, 1965.